Todo empezó en una discoteca el sábado pasado, cuando en lo mejor de la noche me pasó una estampida por encima del pie (en serio, un grupo de unos 7 u 8 brasileños borrachos con todo el ímpetu de su sangre latina y sus 70 kg por lo menos cada uno). Tras los improvisados primeros auxilios (ver foto) me tuve que arrastrar a casa cojeando de autobús nocturno en autobús nocturno -por supuesto no pillé taxi vacío ni de broma.

Alguno todavía andará por ahí buscando su mojito
Otro día llegué tarde a casa y decidí hacer un poco de pasta rapidito para cenar. Todo iba bien hasta que cogí la cazuela para tirar el agua y escurrir las caracolas. Entonces la cazuela decidió que ya había sufrido bastante en este mundo cruel y que era hora de terminar con todo. Literalmente se suicidó. Me quedé con el asa en la mano y saltando para esquivar el agua hirviendo como pude. Lástima de suelo laminado y de mi cena rapidita.
Dos días después, me levanto a las 2:30am toda ufana para ir al aeropuerto a coger un vuelo hacia mi querido Berlín. Tras no pocas peripecias y dos taxis, llego, facturo, espero, embarco, espero. Empieza a nevar. Esperamos. Nieva más. Nos echan del avión y cierran el aeropuerto.

Esperamos. Esperamos más. Nos devuelven las maletas y nos sacan de la zona de embarque. Nos ponen en una cola (más bien en medio de una multitud) a que pasemos el rato preguntándonos si vamos a volar más tarde, si nos van a meter en otros vuelos, si nos van a devolver el dinero... Y digo preguntándonos porque eran preguntas retóricas, nos las hacíamos a nosotros mismos porque no había nadie más a quién hacérselas. Tras horas de espera (al ladito de la zona de fumadores, por cierto, no me pude alejar más de 10 metros en todo ese tiempo) se hace evidente que los vuelos no van a salir más tarde, que no quedan plazas en los vuelos que sí van a salir (a menos que te sobren 200 libras en calderilla) y que lo único que voy a conseguir esperando la cola es que me duela más la espalda. Pues me piro con mi maleta de vuelta a mi humilde hogar.
El autobús desde la parada del metro no pasa por mi calle si nieva porque tiene demasiada cuesta y les da yuyu. Me toca arrastrar la maleta media hora por la nieve. Que es muy bonita pero destroza las botas de cuero que da gloria. Mis botas preferidas. RIP. Llego a casa con jet lag a pesar de no haber ido a ninguna parte. Me duermo. Me despierto 4 horas más tarde con un dolor de garganta, oídos y cabeza considerable. Decido que malgastar las vacaciones en Londres es una tontería, ir a currar al día siguiente ni te cuento. Cambio de planes y me compro un billete nuevecito para ir a la madre patria y pasar el finde con la familia. Deshago la maleta y me hago una mochilita. Ceno y me voy a dormir, no sin antes haberme tomado cuantas pastillas encontré por la casa.
Al día siguiente, vuelvo a madrugar (no tanto) y vuelvo al mismo aeropuerto en el medio de ninguna parte. Facturo, espero, compro, espero, se acerca la hora de embarcar y levanto la vista hacia los monitores. Ya casi no hay nieve y los vuelos están saliendo a su hora. Todos menos dos que han sido cancelados. Uno de ellos, el mío, por supuesto. Me quedo catatónica mirando las pantallitas fijamente: no puede ser, es una mala pasada de tu mente nublada por la incipiente gripe y la mala leche de ayer, cierra los ojos y vuelve a abrirlos, verás cómo todo está bien... Diez minutos más tarde me duelen los ojos de frotármelos y el vuelo sigue cancelado, así que me rindo ante la evidencia. Lloraría pero no quiero darles el gusto a los de la aerolínea maldita. Otra vez salgo. Otra vez la misma cola (pelín más pequeña, menos mal) al lado de la zona de fumadores. Esta vez decido esperar la cola entera a ver qué hay al final, ya que tanto interés despierta. Igual regalan piruletas o algo. Mientras, me dedico a hacer amigos y a devanarme los sesos buscando alternativas para poder volar a España como sea. Tras un par de horas de pensar para nada (por algo no me gustan los juegos de estrategias, digo yo) me toca. Allí, delante de mí se yergue el imponente mostrador de Ryanair con sus imponentes tres empleados. Me acerco. Pregunto esperanzada, ¿van a fletar otro avión? No. ¿Quedan plazas en otros vuelos para hoy? Sólo en el que va a la otra punta de la península en mitad de la noche. ¿Hay vuelo mañana a mi destino? No. ¿Puede colocarme en otro vuelo a otro país (London-angst se llama esto, o sáquenme-de-aquí-como-sea-que-ya-no-aguanto-más)? No. ¿Puede gestionarme la devolución del dinero? No, sólo se puede hacer desde la página web. ¿Me corresponde algún tipo de compensación económica? No. ¿Se harán cargo de los gastos de transporte hasta y desde el aeropuerto? No. Fantástico. Pues gracias por nada.

Vuelta a casa cabizbaja, cabreada y arruinada. El billete de avión y tren extra me han dejado la cuenta tiritando. Paso el fin de semana como buenamente puedo. Me levanto el lunes encontrándome fatal, pero claro, me da pena que mi compañero tenga que hacer mi trabajo por tercer día consecutivo y decido ir a la oficina. Llego y otra compañera se ha quedado en casa enferma, me toca hacer mi trabajo y el suyo. Eso me pasa por escuchar a mi conciencia. A ver si aprendo.
Por si fuera poco, mis tarjetas españolas están caducadas, así que tampoco puedo tirar de los ahorros de emergencia. A mi edad y tan desastrosa.
Para colmo de males, esta semana ha sido San Valentín. Que me daría igual si no fuera porque Londres se convierte en un parque temático de enamorados ñoños. Cuando ves el vigésimo ramo de flores a las 8 de la mañana te dan ganas de hacérselo tragar a la orgullosa dueña. Sobre todo si te miran de arriba abajo (tarjeta, no; flores, no; anillo, no; patas de gallo, sí) y te sonríen con amable condescendencia (no te preocupes, seguro que al año que viene te toca).
[INCISO: ¿Si tu ex te felicita por San Valentín, se está pitorreando o está falto de ya-sabéis-qué? ¿O las dos cosas?]
Pero mirémoslo por el lado bueno. La semana que viene cobro. Y como la vida se compone de ciclos, seguro que tarde o temprano se acaba la mala racha. Y además me ahorré 80 céntimos comprándome un monedero en el Duty Free del aeropuerto. ¡Yupi!



